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Opinión

Josep Borrell y el Estado 'bugarrónico' extraterritorial

El canciller español se atreve a hablar de 'abuso de poder', refiriéndose a Trump, cuando hasta hace poco 'los españoles ejercían su divino derecho a expulsarnos y vedarnos la entrada a sus timbiriches'.

Madrid
El ministro español de Asuntos Exteriores, Josep Borrell.
El ministro español de Asuntos Exteriores, Josep Borrell. AFP

Las categorías más certeras y los análisis más brillantes se encuentran garabateados —quizás hasta despilfarrados— en los oscuros callejones de la sección de comentarios de los diarios digitales. Y es que los historiadores se han vuelto unos tergiversadores y los intelectuales unos diplomáticos: solo en los antros donde nadie da la cara se dice la verdad.

¿Cómo confiarnos de los filósofos profesionales? ¿Hay algo más falso (por poner un ejemplo) que la "defensa de las causas perdidas" de Slavoj Zizek? Una teoría atractiva, sin dudas, pero también falsa y contraproducente desde el punto de vista del filósofo cubano que aprendió su dialéctica en la universidad de la calle. Nuestras causas perdidas están muy bien perdidas y a nadie que no sea un sadomasoquista se le ocurriría reencontrarlas, reivindicarlas o revivirlas. Lo cual no quita que la escritura de Zizek posea en grado superlativo esa cualidad que los norteamericanos expresan con un vocablo casi intraducible: interesting.  

Lo mismo podría decirse de Agamben, Bourdieu, Badiou, y de algunos eruditos cubanos menores, exiliados o no: extraordinariamente interesting, aunque no dignos de confianza. La interpretación estándar de la Revolución Cubana cae dentro del mismo género de seductora patraña. En cambio, cuando alguien que opera bajo el remoquete de "Padre Ignacio" opina, en estas mismas páginas, que en Cuba "la nacionalización y la confiscación de todas las fuentes de riqueza no fue una medida económica, obedeció solo a la necesidad de convertir a todo un pueblo en dependientes (sic) del estado caracoquista, de naturaleza totalitaria y bugarrónica (sic)", no podemos menos que preguntarnos por qué no existe una cátedra ignaciana en alguna universidad madrileña, y un catecismo para capitalistas mallorquines que exponga nuestra situación en términos tan rotundos.

"Caracoquismo" es lo que exhibe el canciller Josep Borrell, nuevo Sumner Welles en alpargatas, y dudo que algún barista del Meliá Cayo Coco no sepa lo difícil que es romper un ídem. Como supremo "caracoquista", Borrell se atreve a hablar de "abuso de poder", refiriéndose a Donald Trump, mientras un regimiento de voluntarios cubiches curra en su plantación por un puñado de fulas y otra legión de domésticas criollas cambia las sábanas de los hoteles donde el independentista catalán de vacaciones viene a cargarse a nuestras mejores mulatas.

Y todo eso, sin hacer mención (entre suspiros y clímax) de democracia, sufragio, salario mínimo, derechos laborales ni caja de retiro, porque en la colonia ultramarina de la cadena Meliá —"¡Donde el sol no se pone!­"— la gallegada está en todo el derecho de aplicar las más estrictas "medidas extraterritoriales".  

Solo muy recientemente los cubanos pudieron poner un pie en esos hoteluchos donde se aplicaba metódicamente la ley de exclusión castrista, con el beneplácito y la confabulación, no solo de los empresarios ibéricos, sino de los liberales de la bancada progre y de varios premios Goya. El canciller Borrell viene a unirse a la comparsa cubana de Penélope Cruz, Javier Bardem, Antonio Gades, Belén Gopegui, Willy Toledo, Pablo Iglesias y un largo y ciceante etcétera.

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2 comentarios

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¿Cómo confiarnos de los filósofos profesionales? ¿Hay algo más falso (por poner un ejemplo) que la "defensa de las causas perdidas" de Slavoj Zizek?.

Una teoría atractiva, sin dudas, pero también falsa y contraproducente desde el punto de vista del filósofo cubano.

El canciller español se atreve a hablar de 'abuso de poder', refiriéndose a Trump, cuando hasta hace poco 'los españoles ejercían su divino derecho a expulsarnos y vedarnos la entrada a sus timbiriches'.